¿Son los jóvenes realmente irresponsables?

Desde hace algunos días leo, y veo, noticias, debates, programas de opinión, sobre la nueva ola de la pandemia del Covid19 y puedo intuir, en la gran mayoría de medios, un reproche hacia los jóvenes debido a que, parece ser, se están produciendo muchos de los contagios a raíz de la irresponsabilidad de este grupo de edad.

No voy a entrar a valorar aquí si lo que los medios y las autoridades interpretan es correcto o no, soy criminólogo no médico, y mucho menos quiero que nadie pueda interpretar que, en el caso de ser ciertas las premisas que se están contemplando, se pretende restar responsabilidad a los inconscientes, de cualquier edad, que están provocando que la pandemia siga campando a sus anchas por el mundo.

Dicho lo anterior y con la intención de darles a conocer la criminología, fin último de esta columna, viendo las noticias me he acordado de lo que David Matza, sociólogo y criminólogo estadounidense, propuso en referencia a la delincuencia juvenil.

Establece Matza, desarrollando la teoría inicial de otros autores, que determinaban la delincuencia juvenil como una tensión entre los jóvenes y la sociedad con la que conviven, que el menor acude a realizar actos incívicos de forma deliberada, es decir de forma consciente y siendo conocedor de la acción realizada. De esta forma el infractor aprovecha la relajación de los controles sociales, tanto formales (administración, leyes inconcretas, etc.) como informales (familia, amistades, etc.) para desarrollar estas acciones infractoras.

En definitiva, el joven quiere tener notoriedad, ve la oportunidad para hacerlo en el momento en que se abre una puerta para ello, la aprovecha y esto lleva a que se produzca la acción antisocial. Llevando lo expuesto al tema COVID, la relajación de las medidas de contención, una leyes cuanto menos cuestionables por poco concretas, y la duración de la pandemia que ha provocado muchas horas en casa, han llevado a que se cumpla ampliamente la teoría de Matza.

No nos engañemos, los que ya vamos teniendo una edad entendemos estas conductas como imprudentes, cuanto menos, e incluso temerarias cuando conocemos casos de macro brotes (viajes de fin de curso a Baleares, por ejemplo), pero todos hemos pasado, en mayor o menor medida, por esta fase. Quién no recuerda haberse revelado contra sus padres, o un profesor, porque no le dejaba hacer determinada cuestión y que parecía imprescindible hacer en ese momento.

¿A qué se debe este cambio? la respuesta es fácil, hemos madurado. El propio Matza en su teoría incluye una solución hacia esta rebeldía que no es otra que la propia edad. Es más, establece este autor que el patrón desviado ni siquiera es constante durante la juventud, va y viene en función de la acción sobre el sujeto de los parámetros de control social que ya he explicado antes. Un ejemplo sería el de un chaval que con 13 años es un “terremoto”, pésimo estudiante que sólo da quebraderos de cabeza, a los 14 deja de serlo porque en casa se imponen nuevos criterios de comportamiento, volviendo a ser el terror de su familia a los 15 años, momento en el que por madurez, o porque encuentra algo en su vida (una novia por ejemplo) se reconduce hasta que se convierte en toda una persona socialmente adaptada.

Con posterioridad David Matza y Gresham Sykes, mediante una serie de observaciones, construyen una teoría que es aplicable, además de a la delincuencia juvenil, a todos los delincuentes en general. Con esta teoría lo que explican es cómo justifican los autores sus actos ilegales.

  • En primer lugar, los delincuentes sienten culpa por los actos realizados, son conscientes de que la actividad realizada es ilegal.
  • Es frecuente que sientan respeto y admiración hacia las personas respetuosas con la ley.
  • Aunque parezca que los delincuentes no son selectivos, esta teoría propugna que los autores discriminan entre personas que pueden ser victimizables o no (la madre no se toca).
  • Por último, y aunque la corriente general es pensar que el delincuente sólo quiera realizar actividades delictivas por la obtención de un beneficio rápido, ya sea económico o psicológico, no son menos proclives a conformarse cuando son apresados.

De estas observaciones, Matza y Sykes desarrollaron una serie de justificaciones que usan los infractores para neutralizar sus actuaciones antisociales:

  1. Negación de la responsabilidad. Lo más normal es alegar que fue la propia víctima la que le incitó a realizar el delito, o el más usado, que es negar la mayor: “Yo no he sido”.
  2. Negación del daño. El infractor va a intentar justificar la acción mediante el manido, “esto no hace daño” o “¿quién se ha visto perjudicado?”. En mis funciones profesionales es muy habitual encontrarte con infractores que no entienden que no es una cuestión de que “Manolo” se vea perjudicado, si no que el hecho de realizar un mal estacionamiento ya perjudica a la sociedad en su conjunto.
  3. Negación de la víctima. Quizás la peor de las justificaciones. El delincuente considera que la propia víctima merece la acción que el infractor cometa sobre ella. Cada día, tristemente, conocemos más casos donde se justifica la conducta delictiva apoyándose en circunstancias de la víctima, “es inmigrante…” “es mi mujer…” “me había despedido…” “es pobre…”
  4. Condena a los entes policiales/judiciales. Mantiene el infractor que se actúa contra él, por parte de las autoridades policiales o judiciales, por rencor, o que la acción policial se dirige hacia ellos de forma injusta.

Hay una segunda variante, muy usada en estos tiempos, que consiste en el “tú más”, el infractor consiente en haber realizado la acción pero la justifica en que los demás también lo hacen e incluso achacan a las autoridades que lo hagan.

  1. Apelación a una lealtad superior. Se sugiere, por parte del infractor, que el delito cometido respondía a un bien mayor, como por ejemplo justificar una amistad, o conservar un trabajo, e incluso como el desarrollo de un plan con consecuencias a largo plazo. Lo que en tiempos pretéritos se denominaba, en los ámbitos policiales la obediencia debida, se realizaba una acción totalmente contraria a derecho por el simple hecho de que lo ordenaba el superior jerárquico.

En definitiva, tras lo expuesto tenga en cuenta que las conductas incívicas de los jóvenes, aunque por desgracia no siempre, se “curan” con la edad, tenga paciencia. Por otro lado, no se justifique cuando cometa una infracción, las leyes están para cumplirlas y por mucho que pretenda “escurrir el bultousted será el responsable, asúmalo.

Salvador Lao

Criminólogo

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