“Papá, el domingo a las cuatro quiero ir a ver el derbi que juegan los alevines del Apedem y el Montilla”. La frase, aparentemente inocente, encierra una realidad que debería preocupar a cualquiera que entienda el deporte como una herramienta formativa. Porque lo que está ocurriendo en Montilla no es un simple partido entre niños: es el reflejo de una fractura social que empieza demasiado pronto.
El fútbol —y el deporte en general— tiene un potencial pedagógico extraordinario. Enseña disciplina, compañerismo, esfuerzo, respeto… O debería. Porque todos esos valores se diluyen cuando la competición se contamina con rivalidades mal entendidas, trasladadas sin filtro al ámbito infantil. Lo que debería ser aprendizaje se convierte en confrontación.
La situación actual entre las canteras del Apedem Montilla y el Montilla Club de Fútbol ha dejado de ser anecdótica. En los colegios ya no se habla sólo de fútbol: se vive el fútbol como una línea divisoria. Niños que no se mezclan, que evitan compartir recreo o actividades, que reproducen en miniatura una lógica de bandos que no les pertenece. Partidos improvisados en el patio que no son juegos, sino extensiones de una rivalidad que empieza a generar tensión, rechazo y, en algunos casos, resentimiento.
Este fenómeno no surge de manera espontánea. Es, en gran medida, el resultado de lo que los adultos proyectan. Familias, entrenadores y entorno social han permitido —cuando no fomentado— que una rivalidad deportiva derive en una identidad excluyente. Y eso es, sencillamente, un fracaso colectivo.
Resulta aún más preocupante si se contrasta con el legado de figuras históricas del fútbol local como Miguel Navarro Polonio, Servando Gálvez, Manolo Ramírez o el recordado América. Nombres que representan otra forma de entender el deporte: más integradora, más educativa, más humana. Su legado no puede quedarse en la nostalgia; debería ser una guía activa para quienes hoy gestionan el fútbol base.

Porque lo que está en juego no es un derbi. Es el modelo educativo que se transmite a través del deporte. Si los niños aprenden a competir desde la exclusión, crecerán normalizando esa lógica. Si aprenden a respetar, a convivir y a compartir, el deporte habrá cumplido su función.
La responsabilidad es clara. Los adultos deben intervenir, y hacerlo ya. No basta con discursos bienintencionados: hacen falta medidas concretas, coordinación entre clubes y una implicación directa del Servicio Municipal de Deportes de Montilla para reconducir la situación. Actividades conjuntas, dinámicas de integración, pedagogía activa. El problema no es el derbi; es lo que se ha construido alrededor de él.
Porque un partido entre alevines nunca debería ser absurdo. Lo absurdo es permitir que deje de ser un juego.
José Antonio Ruz León