A bote pronto, se podría decir que sin partidos no hay democracia, pero la duda surge si hacemos la pregunta de otra manera. El mero hecho de la existencia legal de los partidos políticos, ¿Nos garantiza a los ciudadanos un régimen democrático? Desde mi punto de vista la respuesta es, depende, porque ni la estructura ni el funcionamiento interno de muchos partidos es democrático, son instituciones jerarquizadas y burocratizadas con lo cual se desvirtúa la representación popular que deberían tener según nuestra propia Constitución.
Las sociedades modernas son plurales y diversas, sin embargo, en la mayoría de los países, el poder político se apoya en un bipartidismo más o menos imperfecto y eso no es así por casualidad, eso ha sido buscado por los llamados “poderes fácticos” nacionales o internacionales, que evidentemente no se presentan a las elecciones, pero si influyen y mucho en los partidos políticos y en algunas ocasiones en los resultados electorales.
Reflexionando sobre lo que sucede en España, vemos que, salvo las elecciones al Senado, que se hace por listas abiertas, el resto de elecciones se vota mediante papeletas de partido elaboradas por los órganos de los propios partidos, nos daría lo mismo que la papeleta solo incluyera el nombre y el logotipo del partido político, los ciudadanos no elegimos otra cosa y eso tiene un resultado perverso, que el cargo electo no se lo debe a los electores, sino a sus “jefes” dentro del partido, es de suponer que sus lealtades vayan en la misma dirección.
Cosa distinta son las elecciones locales, con circunscripción municipal y en las poblaciones con menor número de habitantes, los candidatos son conocidos por la mayoría de los electores y al margen de lo que digan las agrupaciones, las asambleas, las juntas, los comités o como se llamen en cada partido, cada candidato puede y suele tener más peso electoral que las siglas del partido, conocemos muchos casos de alcaldes que se han ido o han sido expulsados de su partido, se han presentado por otro o por una agrupación de electores y han tenido un éxito evidente. El depositario de la soberanía, que es el pueblo, ha decidido contra las decisiones partidistas, eso nos demuestra o bien que existe diferencia entre los criterios del partido y los del pueblo que pretende representar o bien que el pueblo no perdona las luchas internas por el poder.
Otros temas difíciles de encajar en una democracia representativa, es la presencia de los llamados “paracaidistas”, esos candidatos que no tienen nada que ver con la circunscripción por la que se presentan, pero vienen impuestos desde los órganos de los partidos. Lo mismo puede decirse de las instrucciones que llegan desde los niveles superiores, por ejemplo, a nivel local desde los órganos provinciales, autonómicos o nacionales, que obligan al cargo a elegir entre la lealtad a sus electores o la lealtad al partido.
Tal y como hemos visto que se elaboran las listas, resulta paradójico que las actas de diputados o concejales sean de los candidatos, cuando estos han sido votados porque el partido los seleccionó primero y además se ven obligados por la disciplina de partido. Así tenemos a diputados o concejales que habían sido elegidos en la lista de un partido o una coalición, acaban marchándose al grupo mixto a defender y votar propuestas que en algunos casos son contrarias a las de sus propios electores.
En demasiadas ocasiones las luchas intestinas por el poder dentro de los partidos, poco o nada tienen que ver con el modelo socioeconómico que defienden, más bien con las áreas de poder y con los egos de algunos líderes. Es humano y razonable que quien entrega parte de su tiempo a participar activamente en política tenga la ambición de llegar al poder para poder implementar sus ideas, pero eso no debe hacerse a cualquier precio y jamás deberían olvidar que ellos por importantes que sean, son y deben comportarse como empleados leales al servicio de la comunidad que les paga su sueldo con los impuestos.
¿Cómo llega un militante a ser el cabeza de lista de un partido? Se supone que, con su trabajo, su dedicación, sus conocimientos y sus valores homologables con los de la formación política, pero eso que debería ser el modelo, en demasiadas ocasiones, vemos se cambia por el politiqueo de los codazos, las trampas, las manipulaciones, las traiciones y la defensa de un puesto de trabajo o directamente la intención de medrar, haciendo buena aquella frase, atribuida a Pío Cabanillas, cuando dijo “Cuerpo a tierra que vienen los nuestros”. Este politiqueo de “quítate tú pa ponerme yo” es visto por la ciudadanía como algo muy rastrero y genera desafección que es lo contrario que debería generar quien aspira a liderar un proyecto que no es otra cosa que ilusión.
La política entendida como servicio a nuestros conciudadanos es una las actividades más nobles del ser humano. Entendida como lucha por el poder a cualquier precio, eso es politiquería y es profundamente deshonesta.
En cualquier caso, la vida humana, que lo es por su capacidad de pensar libremente, es mucho más digna en democracia que en cualquier otro modelo político. Actualmente las derechas hablan mucho de democracia liberal, y personalmente me trae al recuerdo la democracia orgánica de Franco o las democracias populares del bloque soviético. Creo que la democracia no debe tener apellido y si ha de tener alguno, en nuestra Constitución se declara como social.
Hace unos muchos años, cayó en mis manos un librito que tiene el honor de haber sido uno de los más prohibidos desde su publicación en 1864, fue escrito por Maurice Yoly para oponerse al despotismo de Napoleón III, su título es Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu y es una inquietante sátira política que utiliza a estos dos ideólogos para debatir sobre el poder.
Montesquieu, es el demócrata, cree en las instituciones, en la división de poderes, en las libertades individuales, en la libertad de asociación, en la libertad de pensamiento y de prensa y por supuesto en la garantía de la igualdad ante la ley.
Maquiavelo, basándose en la facilidad para manipular a las masas echa por tierra los argumentos de Montesquieu afirmando que un líder hábil y sin escrúpulos puede usar las armas de la democracia para destruirla desde dentro.
Cualquier parecido con nuestro tiempo, no es mera coincidencia, es la pura realidad.
Debería ser obligación de los demócratas defender y profundizar en el modelo, entendiendo la democracia no como la meta, sino como la herramienta que nos permite convivir a los diferentes sin excesivos conflictos. A los políticos les pagamos el sueldo para que nos resuelvan problemas, no para que nos los creen generando odio y división.

Reflexiones desde la higuera