Familias montillanas acogen a refugiados ucranianos

“Antonio, vamos a dejar el artículo para la semana que viene, porque creo que algunos de los ucranianos se están marchando. Me entero bien y lo escribo”. Ese fue el mensaje que mandé la semana pasada al director de Montilla Abierta, periódico en el que usted, lector, se encuentra en estos momentos.

Llevaba ya más de un mes pensando en este reportaje que ha tornado en artículo, desde que el trabajo de una organización llamada Agricultores Por Ucrania había llegado a mis oídos. La asociación, formada por agricultores cordobeses, se había desplazado más de 3.000 kilómetros en coche y autobús para llegar hasta Cracovia, capital polaca, y recoger alrededor de 50 refugiados ucranianos.

La asociación pensó que sería buena idea integrar a los refugiados en domicilios de familias que se ofrecieran a ayudar de esta manera, algo nada habitual en los procesos de acogida de refugiados. Un ambiente familiar para personas que se han quedado sin hogar es una oportunidad de oro, o al menos así lo entiendo yo. No tardaron varias familias montillanas, no podía ser de otra forma, en ofrecerse para acoger a estas personas en sus propios domicilios con todo lo que ello implica: espacio, tiempo y sustento económico.

No consigo pensar en un gesto más bello que abrir las puertas de tu hogar al que se ha quedado sin él, aunque como ya sabemos: “los montillanos son muy solidarios”, respuesta que dio la Hermana Manoli cuando le pregunté si faltaban alimentos para el comedor social hace algunas semanas para este mismo periódico.

Fue entonces cuando me dispuse a entrevistar a algunas de las familias ucranianas que habían encontrado cobijo en nuestra ciudad, a las familias de acogida y a la asociación. Hice lo propio, pero por caprichos de la diosa fortuna, un reportaje pensado para ser publicado hace un par de semanas tuvo que esperar hasta el día de hoy. Dos semanas que han convertido un reportaje casi utópico de valor humano en un artículo (por la carga de opinión personal) que deja alguna que otra reflexión al aire.

Ser refugiado, una vida de incertidumbre. “No hay casa”.

Hace tan solo unos meses Natalia, madre de tres hijos y abuela de una nieta, tenía una vida tranquila en Cernigov. Trabajaba en una empresa de limpieza y cuidaba de sus dos hijos pequeños: Julia, de 17 años, que hacía una especie de formación profesional relacionada con la construcción, y Bogdá, que todavía iba al instituto a sus 14 años de edad. El día 24 de febrero un tal Vladimir madrugó, cual cazador nocturno, para anunciar una “operación militar especial” en territorio ucraniano.

No tardamos mucho en descubrir a lo que el espía se refería: una invasión en toda regla, hogares destruidos, ciudades devastadas y cuerpos de civiles maniatados que yacen en calles desiertas al son de bombardeos y disparos. En una palabra: barbarie. Una barbarie que cambiaría las vidas de millones de personas, entre las que se encuentran Natalia, Julia, Bogdá y su hermano que, con una hija recién nacida, se encuentra en el frente de batalla con el que “rara vez podemos hablar con él para saber si está bien”. A día de hoy, en un mundo interconectado, un hijo apenas puede hacerle saber a su madre que sigue vivo y, en las pocas palabras que intercambian, le explica que se preparan para el siguiente ataque ruso, que será más feroz, si cabe, que el anterior.

Bogdá, Natalia, Carmen y Julia, de izquierda a derecha

La fotografía de familia encima del mueble de la entrada, el vestido favorito de Julia, el gorro de natación con el que iba a la piscina municipal, el balón de baloncesto de Bogdá, los pendientes que Natalia heredó de su madre… Toda una vida que se acaba de un portazo, cerrar la puerta a universo de recuerdos, olores, sensaciones, que ya no existe. Se cerró la puerta y comenzó el duro viaje a lo desconocido.

Unos amigos pudieron llevarlos en coche a Kiev y, entre colas kilométricas de personas que también lo habían perdido todo y largas esperas, el tren que habían cogido paró en el lugar esperado: Cracovia. De la capital polaca salió el autobús de Agricultores por Ucrania que anunció su llegada a la Finca de Duernas después de dos días de viaje.

  • Somos muy afortunados de haber llegado hasta aquí y estar con Carmen. Nos gusta mucho España.

En el momento más duro de la entrevista Natalia mira las imágenes del fotorreportaje de Santi Palacios en Bucha. Reconoce las fotografías, las había visto antes. Una fría mirada se clava en ellas y hablan entre ellos, no los entiendo, pero intuyo que intentan darme una respuesta que me haga entender el sufrimiento por el que han pasado los que se quedaron allí.

  • No es solo en Bucha, Mariúpol o Járkov, es en muchas más ciudades.

Creo que, sin ninguna mínima idea de ucraniano, pude entender como la niña decía “una imagen vale más que mil palabras” justo antes de mostrarme un vídeo de una ciudad completamente devastada. La madre se señaló a sí misma y a sus hijos y pronunció la palabra “Chernigov” para hacerme entender que, efectivamente, ese sinfín de escombros alguna vez había sido su ciudad. No pude evitar pensar en lo devastador que sería para mí presenciar de esa forma Montilla o Córdoba.

  • ¿Y vuestra casa?
  • No hay casa.

¿Nos podríais echar una mano? La pregunta cuya respuesta siempre fue afirmativa

Una conversación después de ver unas imágenes, un pensamiento, la idea de no poder cruzarse de brazos ante la barbarie. Así nace una gran iniciativa. Un grupo de empresarios agrícolas deciden comenzar este viaje. Viaje que no fue nada fácil, como explicaba Soledad, una de las organizadoras que se desplazó a Polonia para recoger a los refugiados: “nos vimos con la policía en los talones”. Las situaciones extremas retratan lo mejor y lo peor del ser humano y, al igual que infinidad de personas se han volcado con la población ucraniana, otras organizaciones se han querido lucrar de la desgracia ajena. Afloraron mafias que sin ningún aprecio por la vida prometían pasajes a un mundo utópico que más bien era una distopía: “fuimos sospechosos de trata de blancas”.

Agricultores por Ucrania durante su viaje a Cracovia

Agricultores Por Ucrania pidió ayuda, y la tuvo. Todo comienza a través de un crowdfunding difundido por varios medios en el que se alcanzan los objetivos económicos para financiar el viaje a Polonia y culmina con las personas que abren su casa para darles un hogar a los refugiados, con el sustento económico que conlleva. El Ayuntamiento quiso aportar su grano de arena mediante el idioma con clases gratuitas de español para los ucranianos, los profesores de los institutos se volcaron con los estudiantes recién llegados, no se quedaron atrás sus compañeros de clase, y la integración a través del deporte fue más que notoria.

Terminaba de entrevistar a la familia ucraniana y, en un momento distendido de la charla, les pregunté por sus aficiones. Hasta ese momento, Bogdá parecía tímido y no tenía ganas de comenzar las clases (empezaba a ir al instituto a los pocos días), pero algo cambió al hablar de baloncesto. Dimos con algo que le apasionaba. No tardamos más de un par de horas en hacerle hueco en el Club de Baloncesto de Montilla. No llegaba a cruzar dos palabras cuando todas y cada una de las personas que hablé le ofrecían ayuda. Contacté con el entrenador del primer equipo, él con el presi y el presi con David, el entrenador de su categoría. Al día siguiente, Bogdá comenzó a entrenar. El Club le regaló una equipación y una pelota de baloncesto firmada por todos sus compañeros e incluso algunos padres que se enteraron de la incorporación del ucraniano no tardaron en ofrecerle ropa y zapatillas de deporte. En cuestión de minutos se había creado una cadena solidaria que parecía no tener fin.

Bogdá comenzó el instituto y, gracias a sus profesores y compañeros se sentía arropado e integrado. Hacía unos días no quería ir a clase, ahora llegaba y le pedía a Carmen, la montillana que había acogido a su familia, que le corrigiese la tarea. Hay detalles que pueden cambiar vidas. Bogdá había recuperado la sonrisa.

refugiados ayudados por Agricultores por Ucrania

Desaprovechar una oportunidad de oro

Por desgracia, no todos los refugiados supieron valorar lo que se les ofreció. Algunas familias se han marchado movidas por diferentes motivos. Hay un momento en el que algo perturba la situación. Parece que se comienza un rumor entre los refugiados que reproduce una imagen errónea de la organización que les ha traído hasta nuestra tierra. Mensajes confusos sin remitente que acusan a la asociación de haber prometido una situación que no se ha cumplido. Promesas que no se le podrían hacer a ningún ciudadano sea del país que sea: trabajo seguro y casa propia. Si bien es cierto que no se podía prometer, se podía intentar.

Carmen ya había comenzado a buscar un piso en alquiler para que Natalia y sus hijos pudieran tener un ambiente independiente. Ya había conseguido personas que le ayudaban a pagar el alquiler y buscábamos activamente empleo para Natalia. Sin embargo, algo rondaba en su cabeza que no cuadraba esa estancia. Putin ha marcado el 9 de mayo, mañana, como el día en que acabará la guerra y muchos ucranianos han creído o han querido creer a su verdugo, por lo que quieren volver a su país. Supongo que la ilusión de volver a la normalidad es más fuerte que la idea lógica de que el espía ha mentido más veces que hablado. La oveja convencida por el lobo.

Así que Natalia, sin más motivo aparente, se marchó con sus hijos y tres billetes de avión pagados por Carmen sin pronunciar la palabra gracias, ya fuera en español o ucraniano. Ese “somos muy afortunados” se había desvanecido, ya no quedaba gratitud en sus palabras, probablemente creyendo haber sido víctima de un engaño, pero la única estafa que podríamos encontrar la había sufrido su psique trasladándose al territorio de la sospecha infundada. Desaprovecharon una oportunidad de oro y se la arrebataron a más personas porque a Carmen “no se le vuelve a ocurrir”.

Algunas familias más se fueron, dos de ellas a Francia, movidas por ayudas gubernamentales que sí llegan en territorio galo y que aquí son inexistentes para las organizaciones pequeñas como la cordobesa. Otras volvieron Ucrania pensando en el final de la guerra. Aunque no todas las familias se comportaron de la misma manera y la palabra gracias, ya fuera en ucraniano o en español, no paró de salir de sus bocas.

Otros tantos se han quedado y siguen aprovechando la oportunidad que personas de una calidad humana excepcional como Sole o Carmen les han dado.

Francisco S. Cobos

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