Entre pícaros anda el juego

Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer». Con este pasaje inicia el Lazarillo de Tormes sus andanzas por la senda de la pillería, toda vez que el amo ciego que lo acoge le hace abrir los ojos ante la mezquindad humana.

Pensará el lector que el pícaro es una figura del pasado y que en nuestros tiempos la misma está fuera de lugar, no hay nada más equivocado. Cierto es que en la literatura clásica, el “pilluelo” siempre era alguien pobre, al que las circunstancias de la vida había llevado a buscarse la vida con el engaño y la fullería, ahí tenemos a personajes como Rinconete y Cortadillo, imaginados por Cervantes en las calles de nuestra localidad, por ejemplo.

Ahora sin embargo las formas de actuación del pícaro se han modernizado, y por supuesto, se ha actualizado la figura. En términos criminológicos estamos hablando de personas que se dedican a lo que se conoce como los delitos de cuello blanco.

Edwin H. Sutherland introdujo el concepto de crimen de cuello blanco por primera vez en diciembre de 1939, publicando 10 años después la monografía “White-Collar Crime” o “Delito de cuello blanco”.

En la actualidad el pillo ha pasado a ser una persona con un alto estatus social y que económicamente es solvente, de hecho pueden ser, o pasar por ser, grandes empresarios, con grandes capitales y empresas a sus espaldas. Nada que ver con el pobrecito que se dedicaba a robar o engañar para comer. Sin embargo confluyen en ambas figuras unas características que determinan que son actuaciones paralelas. Veamos algunas de ellas:

  • Inicialmente los delitos cometidos no son lesivos, no tienen victimas personales, nadie termina en el hospital o fallecido.
  • Son acciones delictivas muy difícil de descubrir en un principio, aunque debido a la reiteración de la operación terminan siendo detectadas.
  • El autor, normalmente, no tiene una conciencia delictiva, es decir que no percibe su acción como contraria a la ley. Además, en el caso moderno, debido a su alto estatus social no suele ser tratado como delincuente.
  • Percibe que las acciones que realiza son de justicia puesto que compensan otras obligaciones que se deben tener con la sociedad, debido a su condición social.

Como puede apreciar el lector, la pillería no es que haya desparecido lo que ha pasado es que se ha transformado. No nos equivoquemos, cuando Luis Roldan, allá por 1994 cogió las maletas camino a Bangkok, tras su enriquecimiento con fondos reservado, no era más que un pillo que se valió de la confianza depositada sobre él.

En la actualidad tenemos varios casos sobre la palestra siendo el que más llama la atención el llamado “caso mascarillas”, donde presuntamente dos pícaros, se han hecho de oro a base de cobrar comisiones por gestionar la compra de mascarillas por la Comunidad Autónoma de Madrid.

En definitiva, los pillos siempre han existido, existen, y existirán, cambiaran de estatus social y buscaran nuevas formas de conseguir sus objetivos pero siempre estarán ahí.

Salvador Lao

Asesor criminólogo

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