Del Papa Francisco y la Importancia de ir a Misa, (Audiencia del miércoles 12 de febrero de 2014, en la Plaza de San Pedro, ante unas 30.000 personas) es esta enseñanza, especialmente para quienes se cuestionan la obligación de ir a Misa o no quieren ir en domingos y festivos de precepto:

¿Cómo vivimos nosotros la Eucaristía?
¿Cómo vivimos la Misa, cuando vamos los domingos?
¿Es sólo un momento de fiesta?
¿Es una tradición bien establecida que se hace?
¿Es una ocasión para encontrarnos o para sentirnos bien o es algo más?

Hay señales muy específicas para averiguar cómo vivir esto. Cómo vivimos la Eucaristía. Hay señales que nos dicen si vivimos la Eucaristía bien, o si no la vivimos tan bien.

Que para los católicos es fundamental la Misa no se puede poner en duda, ni puede ponerse en duda que la Misa nos ofrece, entre otras cosas, la posibilidad y la gracia de perdonar y ser perdonados. ¿Por qué hay que ir a la iglesia, a Misa, si los que van o participan regularmente en ella son tan malos o pecadores como los que no van? ¡Cuántas veces hemos oído esto!

En realidad, quien celebra la Eucaristía no lo hace porque cree o quiere aparentar más que los demás, sino porque se reconoce siempre con la necesidad de ser aceptado y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. ¡Si cada uno de nosotros no se siente con la necesidad de la misericordia de Dios, no se siente un pecador, es mejor que no vaya a Misa!

¿Por qué vamos a Misa? El Papa respondió diciendo que vamos a Misa “porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Jesús, participar en su redención, en su perdón. ¡Ese ‘confieso’, que decimos al principio no es algo ‘formal’, es un verdadero acto de penitencia! ¡Yo soy pecador y confieso! Así da inicio la Misa”.

“No debemos olvidar nunca que la Última Cena de Jesús tuvo lugar ‘la noche en que fue traicionado’. En el pan y el vino que ofrecemos y en torno al cual nos reunimos se renueva cada vez el don del Cuerpo y la Sangre de Cristo para la remisión de nuestros pecados. Debemos ir a Misa humildemente, como pecadores y el Señor nos reconciliará”.

Otro indicador de la vivencia de la Misa adecuadamente, dijo el Pontífice, es la capacidad de descubrir a los otros como hermanos a partir del amor a Jesús, para luego compartir su Pasión y su Resurrección, especialmente con los más necesitados (como aquellos que han sido afectados por la lluvia en los días recientes por los alrededores de Roma).

“Me pregunto, todos preguntémonos: yo, que voy a misa, ¿cómo vivo esto? ¿Me preocupo de ayudar, de acercarme, de rezar por ellos, que tienen este problema? ¿O soy un poco indiferente? O tal vez me preocupo de chismorrear: ‘¿viste cómo iba vestida aquella, como iba vestido aquél?’…. A veces se hace esto después de la Misa, ¿o no? ¡Se hace! ¡Y esto no se debe hacer! Debemos preocuparnos por nuestros hermanos y hermanas que tienen una necesidad, una enfermedad, un problema”.

Un “último y valioso indicador” sobre la vivencia de la Misa es la relación entre la Eucaristía y las comunidades cristianas: “debemos tener siempre presente que la Eucaristía no es algo que hacemos nosotros; no es una conmemoración nuestra de lo que Jesús dijo e hizo. No ¡Es propiamente una acción de Cristo! ¡Es Cristo quien la realiza, que está en el altar! Y Cristo es el Señor. Es un don de Cristo, que se hace presente y nos reúne en torno a Él, para alimentarnos con su Palabra y con su vida”.

“Esto significa que la misión y la misma identidad de la Iglesia fluyen a partir de ahí, de la Eucaristía, y allí siempre toman forma. Una celebración puede llegar a ser impecable en términos de apariencia, hermosísima, pero si no nos lleva al encuentro con Jesús, puede que no comporte ningún alimento a nuestro corazón y a nuestra vida. A través de la Eucaristía, en cambio, Cristo quiere entrar en nuestra existencia e impregnarla de su gracia, para que en cada comunidad cristiana haya coherencia entre liturgia y vida: esta coherencia entre liturgia y vida”.

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